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December 16, 2018

La gran disyuntiva de Trump hacia México: trabajar con el nuevo Presidente o pasarse de listo y empeorar la crisis fronteriza

November 29, 2018
Donald Trump; Andres Manuel Lopez Obrador. (Win McNamee/Getty Images / Carlos Tischler/Getty Images)

Read the English language version here.

Las miles de familias centroamericanas que acampan en Tijuana no están planeando una invasión, sino participando en una protesta pacífica. En lugar de combatir a los Estados Unidos, estos migrantes han decidido arriesgar sus vidas para viajar al norte con un mensaje de reconciliación regional. En lugar de resentir y repudiar a Washington, los migrantes están demostrando su fe en el sueño americano.




Debemos recordar que durante las décadas de 1970 y 1980, los pobres y oprimidos de América Central tomaron una decisión diferente. Muchos de los padres y abuelos de los migrantes de hoy tomaron las armas contra las dictaduras respaldadas por los Estados Unidos en Honduras, Nicaragua, Guatemala y El Salvador, quienes fueron vistos como responsables de destruir sus economías y democracias locales.

Hoy, los centroamericanos están protestando con los pies en lugar de rifles. Quieren trabajar en vez de pelear.

Responder a las solicitudes de asilo con gas lacrimógeno y fuerza militar, es enviar un mensaje claro y fuerte a toda Latinoamérica de que el sueño americano ha llegado a su fin y que Estados Unidos está en proceso de convertirse en el nuevo “Imperio del Mal,” frase que Ronald Reagan solía usar para referirse a la Unión Soviética en 1983. Esto podría tener serias consecuencias a largo plazo, tanto para la economía de los Estados Unidos, que depende en gran medida de los mercados latinoamericanos, como para la postura internacional de Washington.

La razón por la que tantos migrantes se han reunido en Tijuana se debe a razones básicas de seguridad personal. En lugar de desafiar solos el peligroso viaje desde Centroamérica a los Estados Unidos, viajan en grupos. Y en lugar de arriesgar sus vidas en los desiertos de Arizona o Nuevo México, prefieren los puntos de cruce urbanos con acceso a servicios básicos.

Pero la enorme concentración en Tijuana también es un resultado directo de las nuevas políticas de inmigración del presidente Trump que requieren que los migrantes realicen sus solicitudes de asilo en los “puertos de entrada” oficiales. A pesar de la reciente decisión judicial que suspende temporalmente los esfuerzos de Trump para negar la posibilidad de solicitudes de asilo a migrantes que cruzan entre puertos de entrada, la mayoría de los migrantes prefiere maximizar sus posibilidades siguiendo obedientemente las nuevas pautas del presidente y haciendo fila en el cruce de San Ysidro.

Sin embargo, la paciencia tiene sus límites y la espera interminable impuesta por el nuevo “sistema de medición,” que limita las solicitudes de asilo a tres mil por día, así como la cantidad de casos que parece infinita en los tribunales de inmigración, ha creado una situación insostenible al sur del Río Bravo.

Miles de familias no tienen a dónde ir sino hacia el norte. No pueden regresar a sus barrios azotados por la violencia y la pobreza, ni tienen los medios para mantenerse en México durante la espera de un año, impuesta por los tribunales de inmigración de los Estados Unidos.

La administración Trump aparentemente está poniendo su esperanza en la administración mexicana entrante. Confía en que podrá forzar al nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador, que asume el cargo este sábado 1 de diciembre, a profundizar y ampliar la subordinación de la Ciudad de México a las instrucciones de Washington.

Bajo Enrique Peña Nieto, por ejemplo, los funcionarios de inmigración mexicanos trabajaron activamente como una extensión de la patrulla fronteriza de los Estados Unidos, deportando a muchos más centroamericanos que los Estados Unidos.

El nuevo enfoque implica que México se convierta en un “tercer país seguro.” Este tipo de acuerdo haría que México sea responsable de atender a los solicitantes de asilo, mientras estos esperan que los tribunales de inmigración de Estados Unidos resuelvan sus casos.

Esto satisfaría a Trump, ya que le permitiría poner fin a lo que él llama la estrategia de “captura y liberación” de Barack Obama, que permite a los migrantes permanecer en Estados Unidos mientras esperan juicio.

Trump sostiene que esto le permite a los migrantes tener una vía de escape para permanecer ilegalmente en los Estados Unidos, aunque en realidad solo un pequeño porcentaje de solicitantes de asilo falta a sus audiencias.

Desafortunadamente para Trump, parece que la administración de López Obrador solo considerará servir como un “tercer país seguro,” si Washington está dispuesto a ofrecer una compensación masiva. El gobierno mexicano no cuenta con suficientes recursos presupuestarios para mantener los campamentos de refugiados por períodos prolongados de tiempo, ni su economía tiene la capacidad suficiente para absorber a los migrantes centroamericanos en su fuerza laboral.

Adicionalmente, la avanzada protección de los derechos humanos incluida en la constitución de México y las leyes de inmigración, no permitirían al país tomar la ruta draconiana de militarizar su propia frontera al sur, o establecer prisiones de inmigración masivas o “centros de detención,” para la afluencia de solicitantes de asilo en Estados Unidos que serían creados por la nueva política.




López Obrador no será fácilmente manipulable. La extremadamente baja popularidad de Peña Nieto entre su gente lo hizo altamente dependiente de Washington para su legitimidad y apoyo y, por lo tanto, estaba dispuesto a obedecer y a la entera disposición de Trump. Pero la impresionante victoria de López Obrador en julio, en la que obtuvo el 53% de los votos y simultáneamente tomó el control de ambas cámaras del Congreso Federal, lo coloca en una excelente posición para negociar.

El nuevo presidente mexicano ha sido muy claro sobre su posición. Solo considerará la solicitud de Trump para resolver el “problema” de la migración centroamericana, si el presidente de los Estados Unidos está dispuesto a aportar los recursos necesarios para un importante programa de desarrollo; un “Plan Marshall” contemporáneo para el sur de México y Centroamérica que puede llegar a la raíz de la propia migración.

Si Trump fuera realmente un estratega tan bueno como él mismo pretende ser, abriría los ojos al nuevo contexto y llegaría a un acuerdo que sería muy beneficioso para los Estados Unidos, México y América Central.

Pero si Trump insiste obstinadamente en que México continúe haciendo el trabajo sucio de la patrulla fronteriza de los Estados Unidos, bien puede detonar las relaciones entre Estados Unidos y México, creando una enorme crisis de refugiados y graves problemas políticos y económicos para todas las partes involucradas.




Ackerman es profesor del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), editor en jefe de The Mexican Law Review y columnista de la revista Proceso y el periódico La Jornada.

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